Gracias a los dioses no soy supersticioso. Si lo fuera quizá pensara, después del día de hoy, que algún poder en el cielo o en el infierno nos quiere avisar de que eso de casarse no es buena idea. (Ya puestos, podía habernos avisado antes de casarnos, los dos, con el banco.)
Hoy tanto Nuria como yo teníamos vacaciones. Un día libre nos venía bien para terminar de organizar la boda. A eso de la una y media nos hemos ido a Pozuelo y Nuria se ha dado cuenta de que el coche hacía un ruido raro. Una especie de bzzzzzzz.
Después de comer nuestra tarea era ira Madrid y recoger el traje de la novia. Como el ruido seguía oyéndose decidimos llevar el coche a un taller cercano. A unos 300 metros de la meta el coche se ha negado a seguir avanzando. Mientras Nuria llamaba a Mapfre se ha puesto a llover como si el agua la regalaran. Diez o veinte minutos más tarde ha llegado la grúa. Resultado: el coche de Nuria, feliz en las manos expertas de los mecánicos de Pozuelo y nosotros mojaditos y yendo a Madrid en tren.
En tren y en Metro. Cuando estábamos a dos estaciones de Nuevos Ministerios, a una chica de nuestro vagón del Metro le ha dado un ataque epiléptico. Mientras la gente se acercaba a ayudar o mirar o molestar, Nuria metía la cabeza y decía ¡Metedle algo en la boca!. Desde luego, cualquier cosa que le metieras en la boca a la chica en ese momento lo partía en dos, que parecía la niña del exorcista la pobre. En cuanto he visto que venían los guardas de seguridad he agarrado a Nuria, que seguía mirando a ver qué pasaba y hemos ido andando hasta el Corte Inglés. Recordad que nuestra misión era recoger el vestido de novia.
Ya con el vestido de novia en las manos (y alguna otra cosa que me he comprado para mañana ¡que me caso!) nos hemos montado en un taxi, ya cansados de coches que se paran y vagones de película de terror. Éramos muy ilusos pensando que podíamos escapar.
Cuando el taxi estaba llegando a nuestra casa, hemos tenido la mala suerte de pararnos detrás de un autobús. Y nuestro taxista debe ser de la subespecie más abundante, el comecarriles. Al ver el autobús parado ha intentado adelantarlo. Para haceros una idea de lo que ha pasado durante esos segundos, imaginaos una carrera, pero de 20 metros, con el autobús en marcha en un lado, coches en dirección contraria en el otro lado y el taxista picado y sus pobres pasajeros en medio. Un par de segundos nada más y el taxista ha salido disparado delante del autobús, con los espejos retrovisores de ambos chocando.
Nuria se ha quedado con la boca abierta. Yo solo he podido decir ¡¿Pero oiga?!. Después el taxista se ha bajado, yo creía que aún se daba con el conductor del autobús. Mientras los dos hablaban nosotros buscábamos el dinero para salir corriendo. Aunque estuviéramos a diez kilómetros de casa, mejor ir andando.
Sirva esta narración de catarsis y de ofrenda a los dioses. Que no nos pase ná mañana.